La libra y la hipoteca

La grandeza de los clásicos es que afrontan los asuntos inherentes al ser humano. Dos mil años después, muchas de las tragedias griegas nos sonrojan, pues aún hoy seguimos sintiéndonos identificados con los comportamientos más rastreros o más grandiosos que un ser humano pueda tener.

La estructura social ha cambiado mucho desde los tiempos en que Shakespeare dio vida al Mercader de Venecia, pero la usura y la avaricia de quien ya no puede tener más siguen en el candelero.

España, país de contradicciones y veleidades, se permitió el lujo de promover leyes del suelo cuyo único fin era la especulación inmobiliaria. España, imperio venido a menos cuya grandeza nunca quiso abandonar, optó por no afrontar verdaderas políticas de fomento del alquiler, animando a sus ciudadanos a “invertir” en algo consagrado como derecho en la Constitución. España, campo abierto para usureros y bandidos, miró siempre para otro lado en su Ley Hipotecaria, sumida en la opulencia de la burbuja mientras los Montoros o los Rato, que ya estaban ahí, animaban a comprar pisos “para que el país crezca”. España, hoy, espacio por el que vagan decenas de miles de almas a las que se le arrebatan todos los sueños mientras mantienen sus hipotecas de por vida.

Culpar hoy a quienes adquirieron una casa en los noventa de ese error es tan cínico que casi ni merece ser comentado. Más cuando esa reflexión esquiva si se ha promocionado o no el alquiler, si se han evitado o no las especulaciones con el suelo o si es normal que se puedan firmar hipotecas que nadie entiende. Parte de la culpa de lo que está ocurriendo la puede tener quien, con un sueldo normal y con unas perspectivas de futuro normales, quisieron disponer de un bien privilegiado como es una vivienda en propiedad. Pero lo verdaderamente sangrante son las cláusulas suelo, la inexistencia de la dación en pago o un sistema de intereses que la propia Unión Europea considera “usura”.

Por no hablar de un procedimiento hipotecario en el que ni siquiera el juez tiene algo que decir. Una ley que convierte a los jueces en algo similar al cobrador del frac, impidiendo que quien va a ser desalojado pueda siquiera alegar, es una ley absolutamente deplorable y desproporcionada y que, como en tantas otras ocasiones, sitúa a los poderosos (las entidades bancarias) en una situación más privilegiada aún. La ley del embudo, como siempre lo ancho para la banca, lo estrecho para los ciudadanos.

Hoy parece que se nos haya olvidado de dónde vino la crisis económica. El tiempo ha constituido una suerte de “estúpido velo”, fomentando esa extraña sensación de que ha ocurrido un cataclismo, una especie de desastre natural que ha llevado a la economía al colapso. Hay que recordar una y otra vez que fue la avaricia bancaria, sus hipotecas subprime y su interés en vender a cualquiera cualquier cosa (véanse las preferentes) las que hicieron que el sistema bancario mundial se hundiese. Hoy, en vez de pedir explicaciones a esas entidades por ese comportamiento que a la vista de las consecuencias podría considerarse criminal, hay quien dice que no se pueden modificar las leyes hipotecarias porque supondría una “inseguridad jurídica” para los bancos. Como si los ciudadanos no viviéramos en una inseguridad social de magnitudes bíblicas.

Inseguridad vital, como la pesadilla en la que están atrapadas decenas de miles de familias que, tras haber sido desalojadas por la fuerza de sus casas, tendrán que seguir pagándolas de por vida, mientras el banco las re-vende. Con esta realidad, cabría preguntarse qué responderían muchos si estuvieran en la piel del personaje de Shakespeare. ¿Sería mejor mantener la deuda u ofrecer una libra de su propia carne para saldarla?

“Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”, algo que en ninguna página de la gran obra de Cervantes aparece, pero que bien podría ilustrar la lucha de estos años. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca debe ser un ejemplo para quienes creemos que es posible cambiar las cosas. Y una lección de que la movilización social, si bien lenta, es el único arma que los de a pie tenemos para defender y adquirir los derechos.

Una muestra de dignidad, en unos tiempos en los que hasta la propia dignidad se arrebata.

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