Sin debate no hay democracia

En un reciente artículo publicado en El País, Ignacio Sánchez Cuenca nos alerta de cómo la amenaza de instaurar un gobierno de expertos al modo platónico ya no pasa por los filósofos, sino por los economistas. Economistas que dictan las reglas del mercado, economistas que acceden a instituciones internacionales, economistas que salen de esas instituciones antes de que quiebren, economistas que toman las riendas de bancos, economistas que salen de los bancos antes de que quiebren, economistas que toman las riendas de países sin elecciones de por medio…

La mitificación del científico, esa capacidad de los técnicos de hablar como si estuvieran en posesión de la verdad, arrastra tras de sí el propio ideal democrático, pues sitúa al ciudadano en una posición de incapacidad y ostracismo.

Sumidos en la aldea global, la democracia se ve acechada por fuerzas que acosan su línea de flotación. En este contexto, la propuesta de Juan Carlos Monedero de caminar hacia un proceso constituyente desde las bases que discuta y afronte un nuevo contrato social se presenta como una tarea titánica, aunque quizá, y esto es lo peor, de obligado cumplimiento.

En el fondo no solamente se trata de articular un nuevo modelo de sociedad, sino de evitar que la democracia moderna muera de sí misma o, lo que sería incluso más preocupante, por la irrupción de tendencias abiertamente antidemocráticas (véanse gobernantes “tecnócratas” no elegidos por nadie o partidos abiertamente nazis que alcanzan cuotas de poder).

Vivimos momentos críticos, y seguramente el pensamiento crítico sea la única esperanza. La única salida posible es preguntarse cosas. Preguntarse cómo es posible que cuanto más seguimos los dictados de los gurús de la economía, peor se pone la cosa; cómo es posible que quien huye de las instituciones (FMI y Bankia) sea el mismo que proponga a sus sucesores; cómo se entiende que siempre se socialicen las pérdidas y no los beneficios…

Si la democracia merece la pena como sistema político es porque se convierte en un estilo de vida, respetuoso con las diferencias y los derechos ajenos y dialogante en los inevitables conflictos y discrepancias” decía Pérez Gómez en los noventa. Esa capacidad de dialogar sobre los conflictos, sobre las discrepancias o sobre las opciones es negada a los ciudadanos cuando se les dice que son los técnicos los que han de tomar las riendas de la situación. Con dialécticas del tipo “hay que hacer lo que hay que hacer” se destruye el debate público.

El debate público, el debate entre ciudadanos sobre las distintas opciones políticas de una sociedad y sus preferencias, está ahora en sus horas más bajas. En primer lugar porque la sociedad mediatizada ha convertido a la discusión racional, organizada, basada en ideas y argumentos en un mero intercambio de opiniones accidentales sobre los últimos acontecimientos o las declaraciones del famoso, o político, o político famoso, de turno. Frente a un debate en el que los cimientos eran comprensiones complejas del mundo social, orientado hacia la conversación y desde la serenidad, se ha pasado a la idea inmediata, la ocurrencia y, ante todo, el arte de “ganar” al adversario.

Y puede que haya ciudadanos que se sientan descargados de la responsabilidad de elegir, pero sentirse aliviado porque a uno le quiten la capacidad de decidir es un paso más hacia la tiranía.

2 comentarios en “Sin debate no hay democracia

  1. Cuando, poco a poco, la curiosidad me iba “picando” e iba entrando en la política, muchos me criticaban desde la barrara, pero sin atreverse a saltar al ruedo. Y eso, hoy en día, sigue sucediendo.

    Este país es el de los críticos de sofá por excelencia: Hablo mal de todos los partidos, pero no me meto en ninguno (o en la CNT si se es anarquista, me da igual) para formentar el debate proactivo, me quejo de la reforma laboral, pero lo de la huelga no va conmigo, que no sirve para nada y los sindicatos son unos vendidos, hay mucha hambre en el mundo pero ni se me ocurre colaborar con alguna ONG para echar una mano.

    Es fácil criticar con las dos manos en los huevos. Es mejor no mojarse, ni en votar, ni en manifestarse, ni en nada. Así, los de siempre, toman las decisiones por mí y, mientras les critico, me van robando, entre otras cosas, mi libertad, que no vale nada.

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