A vueltas con la perpetua

En ocasiones uno no sabe si llevarse día a día las manos a la cabeza o intentar acostumbrarse a vivir en un país en el que los debates, salvo honrosas excepciones, están liderados por el amarillismo, el titular y con pocas pretensiones de realizarse de forma comedida. Mientras medio país estará hoy abucheando a ese jurado popular que ha declarado “no culpable” a Camps; el otro medio puede respirar más tranquilo, pues ya está en la agenda un nuevo endurecimiento del código penal.

Sobre lo primero no me pronunciaré, ya que si bien el molt honorable ha pasado raspado (4 contra 5) el examen ante el jurado, la nota política es desde luego de suspenso sin posibilidad de recuperación. No llevará multa (que a poco más se exponía), y las portadas de hoy le muestran sonrientes, pero mucho debería reflexionar la sociedad valenciana sobre el contenido de las conversaciones que durante estos días hemos estado escuchando. Y el Partido Popular, porque siendo cierto que se le ha eximido de culpabilidad judicial por no poder demostrar que hubiera recibido regalos, no parece que el modelo de referente político aconsejable sea aquel que recibe todo tipo de llamadas y halagos de las personas que han montado uno de los mayores (sino el más grande) escándalos de corrupción política en este país.

Por si fueran pocas emociones para la jornada, Gallardón acude a sede parlamentaria a rizar el rizo del código penal. Embebidos como estamos de una mezcla entre prensa rosa, sensacionalismo y una pizca de ausencia de datos, nos hablan de dar más caña en la cárcel, de aumentar el número de años o de proponer cadenas perpetuas y respiramos más tranquilos. Se ha extendido muy peligrosamente esa idea de que en este país las cárceles tienen puertas giratorias y que, además, por grave que sea el delito allí no se entra.

Lo que ocurre es todo lo contrario. España tiene el que quizá sea el código penal más duro de toda la Unión Europea, y un conjunto de prácticas y realidades aledañas que deberían hacernos pensar. Con uno de los índices más bajos de delincuencia, somos el país que mayor número de presos tiene por cada cien mil habitantes. El mayor ejemplo de la dureza incontrolable del sistema y que por fortuna fue modificado era el hecho de que el “top manta”, la venta de CD’s por parte de personas que en muchas ocasiones eran esclavizadas por mafias, tenía una pena de dos a tres años de cárcel.

Hay, además, una clara estructura de clase en la cárcel. De los más de 80.000 presos, la gran mayoría son inmigrantes, personas relacionadas con la droga y que han cometido delitos menores. Pero lo que es más insultante y debería producir sonrojo es que alrededor del 30 por ciento son personas con enfermedad mental. Este país no supo desinstitucionalizar los hospitales psiquiátricos dotándonos de unas estructuras de acompañamiento y lo que hemos hecho es arrastrar a quienes allí se estaban tratando directamente a un lugar que únicamente empeorará su situación. No hablemos ya de la situación de los CIES, que lleva siendo denunciada años por parte de diferentes organizaciones y que es una de las razones por las que Amnistía Internacional nos tira de las orejas en materia de Derechos Humanos.

Frente a esto, casos de extrema dureza que afectan a los más débiles y un par de errores judiciales son un caldo de cultivo perfecto para que las masas salgan a la calle a pedir lo que sea. Cadena perpetua, sí. Y si nos ponemos así, la pena de muerte. Pero entendiendo el dolor, hay que reconocer que no debe legislarse con las vísceras, sino con el sentido de justicia, reparación y, ante todo, reinserción. Poco se habla de cómo modificar la estructura penitenciaria para favorecer la tan manida reinserción social. Difícilmente puede lograrse en unas estructuras donde hay 1 ó 2 trabajadores sociales por cada 500 señores con porra.

Con todo ello, un par de conclusiones. Primera: que las reformas en la Justicia expuestas por Gallardón darán mucho que hablar. El copago dificultará el acceso igualitario a ese garante de la estabilidad y cohesión social que es el sistema de justicia; la reforma de la ley del aborto nos retrotraerá al año en que yo nací y la supuesta despolitización del Consejo General del Poder Judicial debería ser, como mínimo, debatida, no vaya a ser que pensemos que la justicia es sólo de los jueces.

Artículo publicado el 26 de enero de 2011 en Diario de Salamanca

2 comentarios en “A vueltas con la perpetua

  1. Hace unos cuantos años ya, como unos 12 o así, estaba estudiando un grado superior de electricidad. El cura de mi barrio me comentó que él creía que yo tenía una sensibilidad social que debía dejarse ver y que, había una ong que me venía como anillo al dedo. Era un piso al que iban presos en tercer grado y estaban allí a condición de que se desengancharan de la droga.

    La primera cuestión que me surgió fue el no entender cómo entraba la droga en las cárceles con tanta impunidad (y sigo sin entenderlo).
    Por otra, no entendía cómo era posible que usuarios que estaban desenganchándose volvieran a la cárcel por causas pendientes… ¿no les podrían poner toda la pena conjunta para que, el proceso de desintoxicación fuera efectivo? A los jueces les importaba tres cojones. Volvían a la cárcel y se volvían a enganchar.

    Aparte de una modificación efectiva del sistema judicial, habría que cambiar el sistema penitenciario de una vez.

    Un saludo.

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