Los privilegiados y el trabajo decente

El otro día, tras una agradable comida, surgió la eterna discusión. Últimamente no soy capaz de comer con alguien sin que salga el tema y sin que me eche a temblar por la capacidad que ha tenido el discurso neoliberal de meterse hasta la médula en nuestras vidas. Y de la necesidad de contrarrestarlo. Por eso me ha gustado mucho el lema que han elegido los dos sindicatos mayoritarios de este país para su manifestación anual en reivindicación de un Trabajo Decente el 6 de Octubre:  “El trabajo decente no es un privilegio”.

Me sorprende, como digo, que tras cada comida o en el fragor de cualquier conversación sobre la crisis, al final siempre aparecen los llamados “trabajadores privilegiados” entre los que claramente se encuentran los funcionarios que son atacados con todas las armas. Y cabría hacer algunas reflexiones.

1. Es cuanto menos preocupante la utilización del término “privilegiado” cuando se hace referencia a cuestiones como la estabilidad laboral, los derechos adquiridos, los horarios razonables, la formación permanente o la calidad de los contratos y las retribuciones. El privilegiado es, por definición, alguien que se encuentra en una situación mejor no sólo que la media, sino de lo razonable. Un privilegiado es alguien que tiene tal condición que es excepcional, algo inalcanzable por el resto. En el fondo, cuando se atribuye la calidad de “privilegio” a la estabilidad laboral, los derechos laborales, un horario razonable y otro tipo de cuestiones lo que estamos aceptando es que el resto nunca podremos tenerlo, y bajo esta desesperanza (resignación) no merece la pena luchar por ello.

2. Dicho lo anterior, el argumento tiene una clara intencionalidad. Cuando se distribuye este pensamiento por el cual hay “una casta” de privilegiados que, entre otras cosas, tienen estabilidad en el trabajo, se invierten totalmente los términos. Si los trabajadores deberían andar camino para mejorar sus propias condiciones laborales, ahora la senda lo que busca es empeorar la de aquellos que se encuentran en una mejor situación. En vez de decir “todos deberíamos tener estabilidad laboral, vacaciones decentes y una retribución cuanto menos digna y un proceso de selección por mérito y valor” lo que se pretende es empeorar la calidad laboral de los otros. En vez de igualar por arriba, igualar por abajo. Y de paso bajarnos todos un poquito más.

3. Es sorprendente que los mismos que hablan de semejantes “privilegios” lo hacen aludiendo a que “el Estado no lo va a poder soportar”. Y se habla de la cantidad de funcionarios y de administraciones (muy inferior a la media Europea y ridículo en comparación con países donde, gracias a su sector público, la crisis no arrecia tanto). Pero esas mismas personas nunca se preguntan por la fiscalidad en España. Los mismos que dicen que “el gran problema” de nuestro país es que alguien pueda cogerse una baja por maternidad o paternidad de no sé cuántos meses (¡qué despilfarro!) no se cuestiona que esa señora que baila sevillanas sin levantar los pies del suelo no pague apenas impuestos.

El trabajo decente no puede ser un privilegio. El trabajo decente debe ser la norma y no la excepción y la dirección esa y no la contraria.

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