Huele a podrido

La reputación de las instituciones debe buscarse no sólo en su legitimidad sino también, y quizá principalmente, en su aroma. De ahí que la pulcritud sea un requerimiento de primer nivel en las acciones democráticas. Hay que serlo y parecerlo, como el viejo dicho, pues de lo contrario se da pie a elucubraciones de todo tipo que socavan, aún más si cabe, el prestigio de los lugares donde se toman las decisiones.

La referencia a las fragancias viene a colación de las noticias aparecidas este fin de semana sobre las formas, tachadas de caciquiles, con las que se elige al personal en nuestro Ayuntamiento. Cuestión sobre la que se oye hablar cada vez con más premura y con comentarios de todo tipo cuyos autores muestran recelos y señalan con la nariz tapada, pues el olor es cuanto menos inquietante.

Seguramente todas las prácticas en selección de personal sean legales, de lo contrario las acciones irían también por otros vericuetos (otra vez), pero eso no quiere decir que sean las más aceptables. Dentro de la gama de esencias que no aniquilan nuestro olfato podemos encontrar desde el perfume más distinguido hasta esa sensación de pestilencia que se intuye, pero que no llega a manifestarse en toda su intensidad. El tufo es tolerable, pero está presente.

Y se dice (y se oye decir) que siempre se coge a los mismos; que hay que ser amigo “de este o aquel” para cubrir un puesto; que funciona el dedómetro… y en vez de poner en marcha medidas para favorecer la transparencia y acallar las críticas, se continúa en la senda del oscurantismo y evitando tratar el tema. Ya no es sólo que no se ponga en marcha una bolsa de empleo transparente o un consejo sectorial de empleo, es que ni siquiera se admiten a debate estas propuestas y se las tacha de demagógicas. No sólo es que haya dudas de clientelismo sino que nadie sale a dar la cara para ofrecer otra versión, lo cual no hace sino agravar las habladurías y afianzar las dudas, de forma que la situación es cada vez más nauseabunda.

Por higiene democrática y por respeto a las instituciones, alguien debería coger el timón inmediatamente. No es aceptable que quien tiene la responsabilidad mire para otro lado de forma sistemática cuando lo que está en juego es la credibilidad pública. Huele a podrido, y tapando el bulto no se va a solucionar.

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