De distopía a utopía: una nueva vuelta de tuerca con el 15-M

Hace unos meses, dos profesoras de la Universidad de Salamanca se pusieron en contacto conmigo para que escribiera un breve texto que sería incluido en un libro que recientemente se ha publicado. He de reconocer que me pilló en un momento de importante desasosiego y preocupación social, viendo como ante el avance de una crisis de civilización la juventud, salvo honrosas excepciones, se situaba en la desidia y la resignación.

Hace pocos días, esas mismas profesoras me avisaron de que el libro ya estaba publicado, y pasé por el despacho de una de ellas a recoger el ejemplar que me corresponde. Releyendo el artículo, me alegro de haberme equivocado, me alegro de que la situación que describía haya cambiado y que en los ojos del 15-M haya esperanza e ilusión.

Aquí lo dejo para aquellos que lo quieran leer. Y para quienes quieran citarlo, al final del post está la referencia completa:

De la utopía a la distopía, un cambio en la forma de mirar el futuro

Hablamos de valores. En el fondo se trata de analizar una parte importante de la manera de afrontar la propia existencia, y de maneras de leer el mundo en el que se vive.

Cuando se me propuso escribir este corto texto, la primera intención fue hacer una reflexión en torno a las prioridades de la juventud española ahora y hace 40 años. Podría haber dicho que en los años 70 y 80, los jóvenes y los no tan jóvenes se pusieron al frente de un cambio social de gran magnitud, favoreciendo el desarrollo y la implantación de los valores democráticos en la sociedad española. También hubiera seguido explicando que no parece ser ésa la actitud general de los jóvenes en la actualidad, cuando diarios como The Times pueden ofrecer titulares como: “los jóvenes franceses se manifiestan y los españoles se emborrachan”. Pero haciendo unas anotaciones para esa condena y posterior absolución de la juventud española, me di cuenta de que hay algo más de fondo en todo este asunto. Que hace falta reflexionar sobre las diferentes formas de encarar el mundo de mi generación y la anterior. De cómo la evolución de las expectativas de ambos es enorme.

Y me di cuenta de que no es comparable la juventud de ahora y la de antes. No sólo porque el mundo en el que viven y vivieron se parezca poco, sino porque el sentido del mismo es muy distinto.

Durante los años 70 y 80 en España se sentían todavía los coletazos del famoso mayo de 68 y el respiro de la Revolución de los Claveles portuguesa. En realidad, era otra expresión más de un sentimiento que ha acompañado a occidente durante prácticamente toda su Historia, el de que el mundo, con ayuda de todos, irá a mejor. Mayo del 68, como la transición española, suponía una esperanza para mucha gente. Uno podía sumarse a un movimiento que contribuiría a la construcción de una sociedad nueva. Y era muy positivo sumarse a ello, puesto que el futuro del imaginario colectivo era bello, próspero y feliz.

Esta idea ha acompañado, como digo, a la gran mayoría de las generaciones del Renacimiento a esta parte. La de unir porvenir y progreso, bajo el dogma evidente de que el mañana será un éxito. La mayor parte de los literatos que narran el futuro lo hacen en términos casi oníricos. De igual manera, casi cualquier expresión artística, salvo excepciones muy contadas, muestra una fotografía en la que las personas que vivirán en las siguientes décadas serán más ricas, trabajarán menos, adquirirán una mejor tecnología que les facilitará la vida y, ante todo, serán más dichosas. El cine futurista hasta los años 70 y 80 es un claro ejemplo de ello. Naves que trasportan personas rodeadas de robots amables que realizan todas las tareas indecorosas, la vida más allá de los cien años, eterna juventud… etc.

En la filosofía surgen ya de antiguo las utopías, mundos futuros donde se ha conseguido la máxima realización humana. Y en realidad gran parte del pensamiento moderno descansa en esta concepción de progreso, aún desde perspectivas enfrentadas. El marxismo se basa en la convicción de que el capitalismo, yugo de la mayoría social, desaparecerá por sus propias contradicciones internas cayendo por su propio peso, de manera que la sociedad se convertirá en un lugar más justo para todos. La doctrina contraria, el liberalismo económico, atribuía el desarrollo de la riqueza y el adelanto social a las leyes del mercado, erigido en dios que con su mano invisible ordenará el caos. En el fondo subyace un futuro prometedor, un nuevo mundo feliz y casi perfecto en el que los seres humanos se podrán desarrollar plenamente y sin limitaciones. Por muy difícil que sea el presente, merece la pena luchar, porque hay esperanza en la posteridad.

Pero la situación de la juventud postmoderna, en esta modernidad líquida, como la llama Bauman, no es ni mucho menos identificable con la que hemos descrito hasta el momento. Frente a una vida de certezas en lo personal, económico, laboral y social se ha pasado a la época de la incertidumbre total.

Los hombres y mujeres corrientes han ido forjando poco a poco una personalidad basada en la seguridad. Se sabía que, en lo esencial, la vida iba a tener una cierta continuidad. Trabajos para toda la vida en los que tenía sentido “aprender el oficio”, parejas con gran continuidad y modelos políticos cuya evolución, salvo catástrofe, se manejaban hacia mayor democracia y libertad, sostenidas por un crecimiento económico que hacía cada vez mejor el modo de vida, al menos el pretendido. Lo cierto es que, con excepciones, el sentido de la vida era lineal y normalmente asociado con un crecimiento en lo personal, donde se iba adquiriendo mayor seguridad y relativo confort en los últimos años de la vida.

Todo ello ha mutado y prácticamente ha desaparecido. Vivimos en una época en la que las principales características son el miedo, la inseguridad y la incertidumbre. En lo personal, al habitar en un mundo donde el cambio es diario, donde todo evoluciona en múltiples direcciones absolutamente insospechadas e imposibles de predecir. En lo laboral, donde la temporalidad y el cambio continuo de estados profesionales es la norma, salvo en casos excepcionales que podemos asimilar con las élites sociales. En lo económico, con múltiples crisis del sistema que hacen tambalear los cimientos del poco Estado de Bienestar construido con sangre, sudor y lágrimas durante décadas. En lo ambiental, ante peligros inminentes que pueden poner en cuestión la viabilidad del planeta en el que vivimos. En lo social, cuando las redes fluyen de forma constante y es muy complicado establecer una fotografía de la realidad que sea válida para el instante posterior.

Añadido a esta realidad, es importante señalar que el futuro no es en absoluto prometedor. No es sólo que la vida se base en la incertidumbre sino que la única certeza existente es la de que el mundo no va a ir a mejor. La incógnita está en si el desastre será de dimensiones bíblicas o nos estrellaremos perdiendo gran parte de los pilares sociales. Si el imaginario anterior veía en el futuro la prosperidad y la fuente de la felicidad, en la actualidad el miedo al futuro se sustenta en la inminente crisis económica, ambiental, energética y social que se desprende de nuestro modo de vida.

Se ha materializado el paso de la utopía a la distopía. Si anteriormente el cine representaba un futuro amable donde los seres humanos encontraban la autorrealización, las películas de veinte años para acá exponen desde la desaparición de la sociedad como la conocemos, la implantación de tiranías totalitarias al modelo orweliano basadas en la tecnología o un mundo arrasado por la ira de Gea, cambio climático mediante. Nadie piensa ya el mañana para bien. La política no parece pretender mejorar las cosas sino evitar que no empeoren mucho y está perfectamente asumido que nuestra generación directamente vivirá peor que las anteriores. En este escenario es más fácil comprender una cierta apatía generalizada de la juventud, acusada de hiperindividualismo. Pero también explica lo contrario, las revueltas juveniles observadas en los últimos meses en algunos países europeos, mostrando la rabia de quienes ven que la herencia adquirida supone pagar hipotecas de excesos pasados.

Pienso que si se trata de hablar de cambio de valores entre generaciones, este asunto es de vital importancia. Podemos tratar de explicar si los jóvenes de hoy están más o menos implicados en los asuntos sociales; si hay más o menos respeto o si la violencia ha crecido porque la sociedad en general la banaliza o porque la nueva generación es la peor de la historia, cosa que se viene repitiendo desde los tiempos de Sócrates. Pero el principal cambio es el que tiene que ver con el modo de habitar el mundo y de asumir y encarar la vida.

La vida de una persona de mi generación no tiene visos de ser amable ni mucho menos se percibe como una oportunidad de progreso personal.

El incentivo de las generaciones anteriores era el futuro, y tenía sentido participar en procesos que buscasen la mejora de la sociedad, pues uno podía identificarse con la Historia. Pero ¿quién quiere identificarse con la decadencia?

BENITO LUCAS, D. (2011). De la utopía a la distopía, un cambio en la forma de mirar el futuro. En, M.J. Hernández Serrano, M.D. Pérez Grande y M.J. Prieto Espinosa (coords.): El cambio de valores en la sociedad actual desde una perspectiva Intergeneracional. Cuaderno de la Experiencia nº 8. Universidad de Salamanca, pp.119-122

* La foto es de Público.

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2 comentarios en “De distopía a utopía: una nueva vuelta de tuerca con el 15-M

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