La bomba en casa

Si hace dos semanas reinaba cierta esperanza por el levantamiento de los jóvenes en el Norte de África, de unas jornadas para acá nos hemos instalado en la pesadilla. No bastando con ver como uno de esos dictadores a los que Europa armó y mimó cuando le necesitaba se lía a bombas con su propia población, el fin de semana se salda con un terremoto con consecuencias devastadoras. Mientras escribo estas líneas la prensa digital dice que ha habido otra explosión en los reactores de la central de Fukushima, acompañada de un incendio y la preocupación creciente del mundo entero. Se contabilizan 4.000 muertos en un terremoto con una fuerza un millar de veces superior al que sacudió Haití, lo cual nos demuestra que la magnitud del desastre no depende exactamente de la potencia con la que se sacuda, sino de la debilidad de la población.

El problema que puede tener Japón es su confianza en la tecnología. Por lo pronto, medio millón  de personas (ahí es nada) han sido evacuadas de sus hogares y las autoridades han impuesto una seguridad de 30 kilómetros a la redonda mientras todos cruzamos los dedos para que no se reproduzca Chernóbil. Las consecuencias serían horribles: décadas enteras con niveles de cáncer miles de veces superior de la actualidad, mutaciones genéticas y una reducción imposible de medir en la calidad de vida de una infinidad de personas durante generaciones.

Esta pesadilla (el apocalipsis lo acaba de titular el Comisario de Energía de la UE) pone sobre la mesa, de nuevo, el debate nuclear. Y lo hace en uno de sus puntos más importantes, en ese argumento que quienes son favorables a este tipo de energía vienen repitiendo: las centrales son seguras. Las instalaciones eran seguras, según todas las agencias niponas, hasta que dejaron de serlo y comenzaron a explotar. Un argumento manido como el que más, y no sólo en este ámbito. Cuando se construyeron las Torres Gemelas, hubo urbanistas que clamaron al cielo pues, consideraban, edificar por encima de las 15 plantas es condenar a la muerte a las personas que estén en los pisos superiores en el caso de un accidente. Sus constructores dijeron que podrían soportar la colisión de un Boeing 707, pero fue un avión más grande el que las derribó. Fue absolutamente imposible salvar a las 3.000 personas que murieron y aún en el caso de que no se hubieran derrumbado, nadie hubiera podido sacarlas de allí. A pesar de todo, se siguen construyendo rascacielos, aún a sabiendas de que si hay el mínimo accidente, aquel que esté por encima de la planta 15 no tiene casi ninguna posibilidad de sobrevivir.

Las centrales nucleares de Japón eran seguras y a prueba de terremotos potentes, como todas las edificaciones en un país acostumbrado a los temblores. Salvo para uno de esta magnitud. El problema es que cuando este error estadístico aparece, medio millón de personas han tenido que abandonar sus casas y es posible que estemos ante un evento que determine el futuro de todo un país y de varias generaciones. Un precio demasiado caro.

Nadie podrá decir que las centrales nucleares son seguras. No, porque el riesgo de que haya un fallo humano existe, por mínimo que sea; porque los “eventos extraños” ocurren; Porque, además, este terremoto no ha sido tan “excepcional” como se piensa (en los últimos sesenta años ha habido cinco más fuertes), y ya en 1755 Lisboa quedó arrasada por un seísmo cuya magnitud nunca sabremos. Porque aún con la mejora de la tecnología vienen ocurriendo accidentes desde 1952 y siempre se dijo que no volverían a ocurrir. Y porque, desgraciadamente, el riesgo a un atentado terrorista siempre existe. El problema, en definitiva, es entender que cuando suenen las alarmas la tragedia será de dimensiones bíblicas, y no habrá marcha atrás ni posibilidad de preguntarse qué falló. El error lo pagarán generaciones enteras.

En un mundo donde el petróleo comienza a escasear y donde no podemos permitirnos el “lujo” de tener bombas en potencia por doquier como si la vida de millones de personas se pudiera dejar al arbitrio de que no haya accidentes (o atentados), es hora de replantear el modelo energético. Y uno de los ámbitos donde es importante hacerlo es en el municipal y preguntarse si merece la pena volver a construir ciudades que se centren en el peatón y no en el coche. O en un uso responsable de la energía frente al derroche de ir a comprar el pan impulsados por oro negro. Porque o nos hacemos estas preguntas y buscamos soluciones, o seguiremos teniendo las bombas en casa.

*La Foto es de Público.

 

Un comentario en “La bomba en casa

  1. En primer lugar, Domingo, decirte que me alegro de que vuelvas a escribir en tu blog. Supongo que andarás liadillo, pero me gustaría decirte que, aun no estando deacuerdo contigo en todo, es un placer volver a leerte.

    En segundo lugar, comentarte que se nota que leemos el mismo periódico ya que, el comentario de lo de Lisboa, apareció en un artículo el lunes que me gustó bastante por el debate sobre lo que Dios dejaba hacer y porqué permitía tanto sufrimiento y, además, como estoy leyendo el Caín de Saramago, enganché fácilmente con el tema que se proponía en la primera parte del artículo (aunque la conclusión del mismo no tenía que ver con esto).

    En tercer lugar, creo que la comparación entre lo de las torres gemelas y lo ocurrido en Japón no es de lo más adecuada, dado que una cosa es una desgracia terrorífica y, otra, unos desgraciados y terroristas. Mientras que, en Japón, entiendo que hay más culpables que los fenómenos atmosféricos (como esos ingenieros que escondieron los fallos que tenía la central desde hace más de dos décadas), en la segunda, no creo que los ingenieros tuvieran la culpa de que unos aviones se estrellaran contra los edificios que construyeron por muy altos que fueran.

    Pero, en esencia, estoy deacuerdo con el texto, las centrales nucleares generan unos residuos muy difíciles (por no decir imposibles) de destruir y, en caso de accidente, son muy peligrosas. Estoy deacuerdo con el señor Esparza cuando comenta que deberíamos reducir nuestro consumo de energía y contigo en que debemos replantear el modelo energético.

    A pesar de ir en contra de esa tendencia que dice que cada vez debemos consumir más, el decrecimiento energético me parece un acto de necesaria responsabilidad humana para con el resto de habitantes de nuestro planeta.

    Y, por empezar señalando un pequeño pasito que se podría dar, se debería cerrar Garoña el año que viene, como se prometió.

    Un saludo.

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