La familia y la Política Social

Tengo en mente realizar una serie de reflexiones sobre la Política Social, entre otras cuestiones porque me parece que, en los tiempos que corren, es muy importante tener claro qué es y qué no es Política Social. Y, ante todo, fijar una posición, unos criterios, que nos permitan mantener una cierta coherencia y poner en marcha un proyecto en este sentido.

Siempre me ha sorprendido cómo las derechas (no sólo las españolas, sino todas las occidentales) abanderan la defensa de la institución familiar con una firmeza incontestable. Cualquiera diría que la familia es de derechas, si no fuera porque la afirmación es poco menos que una soberana tontería. Por tanto, me gustaría hacer un par de puntualizaciones acerca de la familia, por ser ésta una institución fundamental a la hora de comprender nuestra sociedad. Intentar explicar cómo nos relacionamos las personas sin aludir a ella es un ejercicio inútil, como lo sería tratar de definir a un ser humano sin vida en colectividad.

Primera, que defender la familia no debería suponer proteger una familia tradicional, donde la mujer se supedita a un varón con legitimidad bíblica sino optar por comprender que la familia es una realidad múltiple, rica, diversa y llena de matices. Sería defender el sentido último de la familia, que no es otro que el de facilitar a los seres humanos desarrollar potencialidades y cubrir nuestras necesidades: de vinculación (el afecto), estimulación (el pensamiento), contextualización (ser parte de algo) y autocontrol (saber convivir).

Segunda, que la dinámica interna de una familia es todo lo contrario a la que el pensamiento neoliberal (las derechas) propone. Los defensores del libre mercado dicen que cada cual ha de ir a lo suyo, buscando el máximo beneficio y que se progresa siendo egoísta, pues eso permitirá a la famosa mano invisible hacer su trabajo. Esta es la doctrina que Adam Smith reflejó hace más de doscientos años en su famoso texto La riqueza de las naciones y es la que promulgan quienes creen en las bondades del mercado. Los procesos de privatización no son otra cosa que la última expresión de ese egoísmo que, dicen, nos llevará a una autorregulación. Mínimo estado, mínimas normas, mínimos impuestos; y cualquier ayuda o prestación ha de estar altamente condicionada y justificada.

Pero la familia no funciona así. Dentro de la familia sería impensable que cada uno fuera a lo suyo. En la familia se ayuda de forma incondicional, sin pedir aval previo ni contrapartida. Un padre no alimenta y viste a sus hijos pidiendo algo a cambio. Lo hace porque son ellos, porque el mero hecho de ser implica tener derecho.

Y me parece que ésta es una de las grandes contradicciones de la Nueva Derecha, o de las nuevas derechas. Pretender que en el mundo se extiendan unas leyes que ellos mismos no desearían ni en sus propias casas, ni en sus propias familias.

Y es que, como dice Saravia, actualmente leemos la sociedad en términos inaceptables: diferenciando a los que dan de los que reciben. En la que se aboca necesariamente a una parte importante de la población a ser nuevos parias, como lo diría Bauman. No sólo a no tener papeles, o a no tener trabajo, sino a no tener importancia, a ser superfluos. Por eso chirrían tanto los discursos de que hay que pedir garantías (ahí es nada) para la protección social, o para la ayuda a los desempleados.

Puestos a elegir un modelo para que se extienda, puestos a decidir nuestro marco, prefiero a la familia antes que al mercado. Prefiero que la sociedad se rija por los principios de la acogida, la fraternidad y la solidaridad incondicional, y no por el egoísmo y el sálvese quien pueda que pregonan los defensores del ultramercado.

 

2 comentarios en “La familia y la Política Social

  1. Cuando viene algún chaval o chavala con algún problema de comportamiento grave, suele ser porque tiene aalgún déficit dentro de su “nucleo convivencial” (Familia de toda la vida).

    Ya sé que, siendo comunista, queda feo decirlo, pero soy una persona de fe y me considero cristiana (lo de católico, apostólico y romano me cuesta bastante más).

    Antes de meterme en la educación social fui prenovicio salesiano y, mi fin, era ir de misioero a europa oriental y recoger a chavales de la calle que se dedican a esnifar pegamento en vertederos de estos países.

    La idea que más me atraía del cristianismo era la familia, pero no la familia tradicional católica, sino el considerar al de al lado un HERMANO. Es decir, el desearle lo mejor al otro como familia que es y sin pedir nada a cambio.

    Hasta que me di cuenta de que, en la Iglesia, en su mayor parte, esto no es así (aunque hay misioneros que tienen dos cojones bien puestos y, lo digo con conocimiento de causa, puesto que un buen amigo mío murío en el Amazonas en “acto de servicio”).

    Entonces, pensé que en el ámbito aconfesional y laico, la cosa cambiaría (inocente de mí).

    Pero, ciertamente, seamos cristianos o no, la esencia es la que tú has expuesto.

    Es imposible estar más deacuerdo.

  2. Por otra parte, hemos conseguido cambiar el concepto que teníamos de familia por el bien de todos.

    Una familia, un núcleo convivencial óptimo, es en el que todos sus miembros (sean mujeres, hombres, mayores, pequeños, homosexuales, heterosexuales,…) se ayudan mutuamente a nivel económico, relacional y social dentro de cualquiera de sus aspectos.

    Y, el estado, debería garantizar la protección de esto y su desarrollo óptimo de modo GRATUITO.

    Hay factores que aseguran nuestro bienestar como la salud, la educación y los servicios sociales que deben ser gratis porque, si es estado no se ocupa de lo que es más básico para mí… ¿Para qué cojones quiero yo un estado?

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