El repaso: Mercados, Wikileaks y las cuentas que se aclaren

Parece que nos vamos acostumbrando. La política no la deciden las urnas, la política la decide la bolsa. Aquello de que vivíamos en una democracia donde es el pueblo a través de unos representantes el que tiene el poder y la capacidad de gobernar ha vuelto a demostrarse que era una mera ilusión. Porque el verdadero poder, y sigamos tomando nota, está en Wall Street, en la City Londinense y en los llamados mercados. Un poder paralelo al que tienen para sí los políticos elegidos mediante urnas, pero que tiene más influencia.

Zapatero vuelve a anunciarnos ayer otra retahíla de medidas que demuestran que su gobierno es de derechas. Suprime la ayuda a los parados de larga duración, como si hubiera algo más importante que combatir lo que directamente se va a transformar en hambre; comienza a aplicar la Reforma Laboral permitiendo agencias de colocación privada y, de paso, haciendo oídos sordos a los millones de personas que salieron a la calle el día de la huelga general; y, por si fuera poco, deja al Estado con menos recursos aún privatizando cuestiones que, de toda la vida, han sido negocio seguro. Dejar las loterías en manos privadas es como vender la gallina de los huevos de oro, una operación absolutamente genuina de quien vive en el cortoplacismo.

Pero es que llevamos una semana de absoluto escándalo, y estas noticias quizá han sido la penúltima pieza tocada por una orquesta cuyo repertorio nos invita a observar como nuestro sistema democrático tiene más agujeros de los que esperábamos.

Porque a algunos ya nos parecía bastante impresentable que la política se hiciese en virtud de lo que los llamados mercados decidiesen especular, cuando no les ha elegido nadie, para además tener noticias de cómo la diplomacia internacional es poco menos que una guasa.

La filtración de Wikileaks no sólo nos va a permitir constatar como la diplomacia es de todo menos diplomática sino para reescribir la historia reciente usando otro tono.  Por ejemplo, con el caso Couso donde todos dábamos por sentado que el gobierno de España había intentado que la justicia americana ejerciese alguna mínima colaboración mientras nuestros independientes tribunales iban trabajando.

Y todo se viene abajo cuando se pone a la luz de la gente la verdad. Tenemos que aguantar como, sin ningún tipo de rubor, un país extranjero a través de diferentes medios dice lo que tienen que hacer a políticos, fiscales y magistrados y cómo estos, al parecer (y a la espera de alguna explicación) hacen poco menos que asentir.

Parece que Garzón no sólo se atrevió con el franquismo, que aquí parece delito, sino que se temía que pudiese intentar echar un ojo a ese infierno llamado Guantánamo. Recordando así que el tío Sam es intocable y no se le puede ni toser; y que en realidad aquellos que no se levantaban al paso de su bandera y que públicamente mostraban unas ciertas distancias hacían poco menos que reverencias tras las bambalinas.

A alguien se le ha ocurrido decir que las filtraciones de Wikileaks son poco menos que terrorismo pero yo me atrevo a asegurar que son una forma de empoderar a los ciudadanos.

Porque la democracia, si quiere llamarse de tal manera, entre otras cosas debe estar sustentada en la transparencia y en la información. Si los ciudadanos no sabemos qué decisiones se toman y por qué, ni somos capaces de evaluar el grado de cumplimiento de lo dicho, poco margen nos dejan y nos estarán impidiendo decidir razonadamente. Y esto se aplica a todos los ámbitos, cuanto más en el local.

El lunes hubo un pleno en el que principalmente se habló de transparencia, y parecía que los dos partidos con representación municipal estaban de acuerdo en que había que mejorarla. Eso en las palabras, cuando hay que llegar a los hechos ya hay más reticencias. De publicar la declaración de bienes en un boletín ya hablaremos, se venía a decir. Y sorprende que no se hable de transparencia cuando se trata de las cuentas públicas, de los presupuestos o del gasto en fiestas; o de dar permiso a quien lo pida de acudir a comisiones que puedan afectarle aunque sólo sea a las deliberaciones. La transparencia siempre da confianza y permite analizar con mayor rigor la realidad. Además, en democracia no valen cristales tintados ni translúcidos, sólo vale tener cuanta más información mejor.

Quizá la polémica sobre el patrimonio de los cargos públicos sea un caso claro donde el mero hecho de tener unas instituciones transparentes evite males mayores.

No seré yo el que diga que con transparencia no hubieran sido posibles todos los rumores de los últimos días, no lo diré, pero no hubieran sido posibles.

* de la sección “El Repaso” en ONDA CERO Ciudad Rodrigo el 02/12/2010

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