Una historia de Ciudad Rodrigo

Una historia sobre muchas otras historias. Una historia sobre quienes no pudieron vivir en una ciudad de historias.

Blanca es una joven mirobrigense. Nunca la he conocido, ni siquiera creo que exista. Lo que sí sé es que hay muchas como ella. Blanca nació en Salamanca a mediados de los ochenta. Su madre rompió aguas en Ciudad Rodrigo un día cualquiera de invierno y pensaron que, como otras, nacería en ese limbo que hay entre Salamanca y Miróbriga, aunque por fortuna llegó al Hospital a tiempo. Como el resto de las niñas, Blanca creció saltando de cañonera en cañonera, jugando en La Florida y La Glorieta e incluso llegó a hacerles bromas a los turistas desde la higuera que había en la muralla, a la altura de los jardines de Bolonia. En el Colegio San Francisco, o pudo ser tal vez en El Puente, conoció parte de la historia de su ciudad y así, poco a poco, fue aprendiendo a valorar aquellas piedras de las que estaba permanentemente rodeada.

A Blanca le dieron su primer beso en el instituto, detrás del paraninfo, allí donde los gamberros iban a preparar sus fechorías y los enamorados a sonrojarse mutuamente. Por aquella época, Blanca descubría que le encantaba el teatro, el cine, la música y la lectura, y también que quería ser veterinaria. Le gustaba vivir en Ciudad Rodrigo pero tuvo que marcharse a estudiar a Salamanca, donde coincidió con muchas de sus compañeras de instituto. Acabó Veterinaria con unas notas excelentes y encontró trabajo en otra comunidad lejana. Así fue como conoció la otra parte de la historia de su ciudad, la de aquellas que tuvieron que marcharse de un lugar en el que deseaban vivir.

Una historia sobre muchas otras historias. Una mirada fija en el horizonte mientras la memoria camina por recuerdos de aquella vieja ciudad en la que tan buenos momentos se vivieron. La misma que vio nacer y crecer a toda una generación, pero que perdió la posibilidad de conocer sus proyectos de vida. Cual emigrantes forzosas, Blanca y otras muchas jóvenes abandonan la comarca y no parece que vayan a volver.

Pero como en todas las historias, hay quien la cuenta de otra manera. Hay quien dice que a Blanca le gustaba su ciudad, pero que no encontraba su sitio en ella. Cuentan que, mientras estudiaba en Salamanca, aguardaba deseosa el fin de semana para reencontrarse con su gente pero que mes a mes la decepción era mayor. Nada había para cubrir sus inquietudes y se sentía completamente abandonada. Nadie parecía pensar en las jóvenes que buscaban un proyecto de vida allí.

Pensar en las jóvenes mirobrigenses no es pensar en el futuro sino en el presente. Están aquí y ahora, mas son invisibles a los ojos de muchas. Como Blanca hay decenas que quieren hacer cosas pero que no encuentran lugar al que dirigirse, porque en Ciudad Rodrigo nada gira entorno a sus necesidades.

La ciudad heroica, dicen, está enferma. Una infección va creciendo en su interior corrompiendo lenta pero certeramente los tejidos que a su paso va encontrando. Al mismo tiempo, una herida sangra abultadamente, y las fuerzas comienzan a faltar. Pues la huida de las jóvenes se ha convertido en una sangría que puede hacernos mucho daño, a no ser que le pongamos remedio.

* Publicado en La Voz de Miróbriga el 13/08/2010

3 comentarios en “Una historia de Ciudad Rodrigo

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