La nota la pongo yo

Es momento para tener los anteojos graduados y, a ser posible, disponer de un calibre atinado que nos permita medir, con la suficiente exactitud, las cosas que ocurren. Pero también nos hacen falta mapas que nos indiquen hacia donde nos dirigimos. La oleada neoliberal ha llegado con toda su furia y ahora ataca más enérgicamente que nunca. Y corremos el serio riesgo de no preludiar las amenazas que nos acechan a través de armas de doble filo con la excusa de dirimir nuestros problemas

En la teoría de la negociación se habla de un fenómeno que, de no ser advertido por una de las partes, puede ser muy efectivo y dejar K.O. a la otra. Se trata de la negociación tácita. Si a la hora de firmar, por ejemplo, con una compañía telefónica, se me envía una carta con un modelo de contrato y la foto del móvil que me van a regalar, únicamente esperando mi rúbrica, hay muchas posibilidades de que acceda sin intentar siquiera cambiar una sola de las clausulas. Seguramente firmaré el peor de los contratos posibles, y me quedaré tan contento.

Hecha esta anotación, cualquiera puede encontrar un paralelismo con la realidad política europea. Una negociación tácita permanente y de partida donde lo que está en juego no es sólo (que ya sería suficiente) la política económica a seguir sino el propio sentido de la democracia. Se nos imponen medidas de ajuste que dinamitan nuestros derechos al grito de “es imprescindible“, “es lo que hay que hacer” y “es el camino correcto“, como si la mera afirmación fuese suficiente argumento. Asistimos a un llamado “examen permanente” por parte de un tribunal en el cual se encuentran inspectores cuya legitimidad es más que dudosa.

Negar a un gobierno la posibilidad de dirigir su propia política económica es un insulto a la democracia. Cuando las decisiones no las toman las personas que, con mayores o menores garantías, han sido elegidas por los ciudadanos sino que son dictadas por gurús que se autodenominan objetivos y neutrales, meros técnicos, la democracia corre un serio peligro.

No digamos ya cuando son las propias partes interesadas las que aluden a su valía para destruir a los que somos meros peones. El banquero erigido en modelo a seguir que a un día pide una reforma laboral y que, al siguiente, se niega a la mínima aportación cuando, ayudas públicas mediante, consigue beneficios cada vez mayores. So pena de ser abatido, es el propio ciudadano medio el que asume ya sus propios sacrificios, dictados por gerentes millonarios e inversores que no desean siquiera ser investigados.

Si “no hay alternativa“, la política no tiene sentido. Y si nos quitan la política, los ciudadanos quedamos vacíos de poder. La Política es el único arma que tenemos para poder defendernos, el ser capaces de aventurar con nuestros votos, voces e iniciativas si la dirección de nuestro entorno común (eso que llamamos “cosa pública”) es la que deseamos, o no. Cuando la dirección viene dada por el FMI, el Banco Mundial y, en última instancia, el Banco Santander, ¿qué sentido tiene la política? ¿qué sentido tiene la democracia?

Que sepamos, la nota la debemos poner los ciudadanos y los gobiernos de los Estados soberanos están a nuestro servicio. La nota no la tiene que poner Strauss-Kahn, ni Merkel. La nota la pongo yo. Y si atacan mis derechos: “necesita mejorar“.

Sobre cosas parecidas han escrito: Ángels, Kabila, Javi Moscas,

Un comentario en “La nota la pongo yo

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