El examen y la geología educativa

¡Vive Dios que la Política Educativa socialista no me convence! Ni la actual ni la anterior. No dejan de sorprenderme los brindis al sol, las ilusiones y el contraste con la falta de decisión de tocar “los temas que hay que tratar”. Pero las cosas hay que medirlas de forma justa y las declaraciones de Gabilondo sobre los exámenes deberíamos tomarlas como un toque de atención y como una oportunidad.

Existe una tradición educativa (LA tradición educativa) que coincide en que únicamente importan los resultados cuantificables (PISA ejemplifica) y que, por tanto, lo importante es el examen y “el esfuerzo” (PP dixit). El esfuerzo entendido, parece ser, como las largas horas memorizando interminables temarios que para nada servirán y que no serán recordados a dos años vista. El examen tradicional, y quiero decirlo bien alto, no es más que un resto del pasado, geológico (como diría Honorio Cardoso) y, en los tiempos que corren, un instrumento al servicio del neoliberalismo educativo (pero esto son otros cantares y no escribía ahora para meterme en camisas de once varas).

Yo únicamente quiero dar parte de mi experiencia personal. Durante toda mi vida de estudiante he tenido numerosas asignaturas y no menos exámenes. Y alto y claro he de decir que, a pesar de haber obtenido buenas calificaciones, de algunas recuerdo únicamente su nombre y he de hacer bastante memoria. En cambio, suele ser norma que recuerde con bastante nitidez las cosas que aprendí en aquellas en las que la evaluación no pasaba por un examen escrito memorístico.

Para muestra un botón, en primero debí cursar una asignatura llamada “Ampliación del Conocimiento del Medio Natural, Social y Cultural” (de la persona se entiende) en la que saqué un 10 (aunque no matrícula de honor, me quedé con el sobresaliente) y de la cual recuerdo que había un un tema sobre una parte de la teoría de Piaget (el resto del temario tendría que mirarlo, porque no sé ni de qué iba). Esta teoría se estudia en profundidad en Psicología del Desarrollo de manera que ahora mismo no sé si aprendí algo a pesar de haberme estado largos días, tardes y noches con una asignatura que era temida a pesar de no tener muchos créditos. Estoy exagerando un poquito pero cualquiera que haya pasado por la Universidad sabe de lo que hablo.

En cambio, sí que recuerdo perfectamente todo lo aprendido en “Bases Psicopedagógicas de la Educación Especial”, asignatura anual (en esta sí hubo matrícula) y en la que no hice ningún examen escrito memorístico. Tiene un sistema de evaluación simple: hay un cierto número de temas y un examen al final del curso. Ahora bien, si uno quiere, puede presentar diversos trabajos monográficos de forma individual o en grupo que suprimen temas del examen pudiendo optar a eliminarlos todos. En definitiva, el profesor Arteche nos decía que podíamos seguir sus clases y hacer trabajos “o se estudian ustedes el libro de Bautista y les veo en Junio, no hace falta que vengan a clase”. Y yo opté por lo primero. Y debo decir que trabajé, junto con dos compañeros, una barbaridad.

Los trabajos se entregaban más o menos mensualmente y Arteche tenía la “mala” costumbre de leerlos y tutorizarlos. Estaba en su despacho en las horas acordadas, aportaba documentación, revisaba y daba ideas, aconsejaba con las lecturas y planteaba planes de trabajo para que lo entregado tuviese la máxima calidad. De hecho, muchas de las horas de clase las dedicaba a eso y no a dar discursos explicando lo que ya está en los libros. Sinceramente, a nadie se le ocurría intentar colarle una jugada de Wikipedia entre otras cosas porque se las sabía todas. Con cada trabajo entregado y, tras leerlo con detenimiento, hacia una entrevista en la que el grupo debía defenderlo, responder a algunas cuestiones y dar su valoración.

Hace pocos días dejé en este blog una propuesta que le entregué a otro profesor, esta vez en Salamanca, y con la que he aprendido más (pensándola, estudiando el temario para ver por donde cuadraba la cosa, preparando las ideas, buscando documentación y elaborando una exposición) que con otras asignaturas en las que escribí folios y folios sentado entre sudores y rodeado de “entes nerviosos”. En otra ocasión coincidí con una profesora que nos hizo escribir a nosotros el temario de la asignatura y el examen se podía hacer con todo el material que quisiéramos (internet incluido): suspendió muchísima gente porque se pensaban que iba a preguntar el temario a pesar de dejarnos tenerlo encima de la mesa… ¡hay gente pa’ to!

En los tiempos en los que vivimos deberíamos buscar estrategias que nos permitan aprender sin la necesidad de tener que demostrarlo en un “todo o nada”. No digo que el examen escrito clásico no sea necesario, digo que no es la única forma de evaluar y que ha de completarse con otros sistemas. Y no es por hacer una evaluación más justa, que también, sino porque el sistema de evaluación condiciona la forma de aprendizaje y el estilo al que incita el examen “de vomitar” no es el más recomendable.

Y en este caso muchas veces somos los alumnos los que nos quejamos, pero en el sentido contrario. Yo no oigo más que críticas y suspiros cuando una profesora nos ha dicho que su examen, si queremos, lo podemos hacer con el material. La gente ya se teme lo peor. Quizá por aquello que contaba Sampedro en un libro que tiene con Valentín Fuster que le dijo un alumno: “No me parece bien el tipo de examen” a lo cual responde sorprendido “¿Por?” y contesta el elemento, en el último curso de la Universidad: “Es que me ha obligado usted a pensar”. Efectivamente, de eso se trata, de pensar y no de memorizar.

3 comentarios en “El examen y la geología educativa

  1. y me parece escandaloso precisamente por eso: cuando un examen exige una reproducción literal del contenido (la vomitona a la que hacías referencia) inhibie al estudiante de la reflexión, del repensar, del hacerte tuyo el contenido e incluso de aportar nuevas percepciones y puntos de vista…
    y nos acostumbran precisamente a eso: reproducir sin cuestionar, como burros descelebrados. Y no nos importa, parece que incluso lo exigimos.
    Deberíamos apostar para que el profesorado nos exija ese pensamiento crítico que tanto nos falta, pq es desde la libertad de pensamiento, la libre asociación de ideas y el “on” en la facultad cogniscitiva del propio ser pensante, donde se encuentra la posibilidad de una educación transformadora de la realidad, en vez de limitarse a la mera reproducción, insensata e injusta, de la misma.
    Domin, te he hechado de menos en clase hoy… nos vemos mañana a las 11, no??
    Saludooos

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