Renovarse o fracasar. La necesidad de un nuevo rol docente

Nos encontramos, nadie lo duda, en un momento crítico en cuanto a la función docente. Los crecientes cambios sociales, políticos, culturales, ideológicos y, por ende, educativos que se están produciendo hacen que las bases sobre las que se asentaban las relaciones educativas en las aulas (tanto de poder como de gestión cultural) se resquebrajen por necesidad (y por fortuna). La apertura a toda la población de la escolaridad obligatoria, uno de los grandes logros de la tan criticada reforma educativa española de los noventa, trae consigo la necesidad de renovación docente, ya que, como dice Esteve:  “Nuestros profesores se enfrentan al cien por cien de los problemas sociales y psicológicos, implicándose en conflictos que les ponen duramente a prueba y que les exigen un fuerte desgaste personal”[1]. Cosa que antes, en un sistema escolar que incluía en su educación secundaria únicamente al 9% de la población, no ocurría. Como ya hemos señalado, la sociedad muta a una velocidad nunca vista y otros fenómenos, como la inmigración o el descenso de las perspectivas de empleo derivadas de la educación, afectan de forma especial a los docentes y a su trabajo en las aulas. Es en este marco en el que su perfil profesional, su rol, sus capacidades, sus conocimientos y sus habilidades para poder salir airoso y hacer aportaciones ante esta situación son revisadas a fondo e incluso puestas en duda en algunos momentos. El docente, por necesidad, convive con conflictos y violencia de muchos tipos en sus centros y “mantiene actitudes, teorías y percepciones hacia esos comportamientos muy diferentes de las de sus alumnos, puesto que están construidas desde la propia definición de su rol, desde la creencia  de que su campo de acción es el aula […] y en relación con cuestiones más convencionales como las normas del centro y la legalidad”[2]. Su perfil se desdibuja por momentos puesto que sus funciones cambian pero las estructuras que las sustentan no.

Este conjunto de cuestiones afectan a un sistema educativo, a una escuela en particular, que no ha sido capaz, en opinión de muchos, de renovarse y conseguir otros modelos de trabajo. En este sentido, las declaraciones de Jaume Carbonell a “El País” son bastante interesantes: “Aún es una escuela decimonónica, que no ha adaptado los tiempos, los objetivos, los contenidos, las formas de enseñar y aprender. Tienen una organización muy rígida, con institutos masificados, incluso el espacio físico no está adaptado”[3]. Podríamos añadir que la función docente de facto ha cambiado pero que, en muchas ocasiones, lo que no lo han hecho han sido ni los recursos, ni las instituciones, ni las mentalidades, aumentando exponencialmente los problemas que se derivan de las variables que antes hemos mencionado. Por decirlo de otro modo: “Si queremos que nuestras enseñanzas […] cumplan realmente los objetivos […] habremos de ir adaptando la institución escolar a los principios y valores que subyacen en dichas enseñanzas. Esto supone un cambio sistémico de la escuela, no exclusivamente una cuestión curricular”.[4] Una educación para la ciudadanía que no incluya, como mínimo, la “degustación” de lo que ser un ciudadano implica tiene un futuro poco prometedor.

Aunque es cierto que se han puesto en marcha iniciativas concretas para solucionar la soledad en la que muchos docentes se encuentran, evitar la alarma social y mejorar la calidad de las relaciones humanas dentro de los centros escolares, los sindicatos de profesores siguen poniendo especial énfasis en la necesidad de mejorar la formación tanto inicial como continua de los profesores. Y es que parece ser éste precisamente uno de los aspectos que más se echan en falta, junto con los apoyos administrativos y profesionales. Díaz Aguado lo expresa de la siguiente manera: “se pone de manifiesto que [el aprendizaje cooperativo] representa la principal innovación tecnológica para superar algunos de los problemas que más preocupan al profesorado hoy, como la dificultad de adaptación a la diversidad, el comportamiento disruptivo o la falta de motivación para aprender”[5], lo cual deja entender como claramente lo que el profesorado demanda es formación práctica para poder solucionar sus problemas en el aula, entre los que podemos situar todos aquellos de los que estamos hablando. “Asesoramientos, seminarios, cursos en el centro, cursos de mediación, formación de delegados, formaciones específicas: es importante que el profesorado pueda dotarse de estrategias filosóficas y de otras disciplinas, modelos teóricos, metodologías y prácticas que le permitan dar respuesta a las situaciones diversas que la vida del centro comporta”[6].

Entre los muchos aspectos que se señalan para la mejora del clima en las aulas, se suele hacer especial hincapié en la cultura organizativa, las relaciones profesionales, los modelos positivos, la reducción de la incertidumbre, la reducción de la violencia estructural e indirecta  y el desarrollo de un proyecto educativo compartido. El profesor, parece ser, deja de ser un elemento aislado que trabaja en su célula, atomizado y alienado para convertirse en una parte de un engranaje que necesita el encaje de todas sus piezas para funcionar correctamente. En la era de la información, el docente ha dejado de ser únicamente un transmisor de conocimiento sin sentido para convertirse en un profesional que favorece el desarrollo de unos alumnos que pueden tenerle como referencia o no. Esto supone que el profesor no se asegura la autoritas sino que ha de ganarse la potestas, proceso que ha pasado de ser accesorio (puesto que las relaciones formales estaban antes aseguradas) a ser necesario. El rol, como vemos, es otro.

Un cambio profundo en el profesorado es necesario, a tenor de los hechos, para su propia supervivencia profesional en las aulas como sujeto educador, pero también desde un punto de vista personal. Parecería evidente que las propias aptitudes profesionales así como la propia valoración de la competencia tienen una incidencia implacable sobre la autoestima y sobre la propia felicidad. El trabajo es uno de los pilares de la persona; la actividad laboral puede ser más o menos placentera pero es uno de los momentos, junto con las relaciones familiares, donde la propia competencia toma sentido. Dice Bertrand Russell que “dos son los elementos que hacen el trabajo interesante: primero, el ejercicio de una aptitud; segundo, la construcción. Todo el que tiene una aptitud especial goza ejercitándola hasta que llega al dominio o a no poder mejorarse a sí mismo […] Todo trabajo puede ser agradable siempre que la habilidad requerida sea variada o susceptible de mejora indefinida[7].” Siguiendo al notable filósofo británico, parece que la capacidad de mejorar es uno de los aspectos que pueden motivar una profesionalidad más ambiciosa. Pero el trabajo educativo también tiene ese otro componente, la constructividad, el que el propio oficio sirva para algo: “Un propósito constante no basta, pero debiera ser una condición casi indispensable para una vida feliz”[8]. Podríamos decir que una de las mejores formas que podemos encontrar para luchar contra el “burn out” es la valoración de la actividad docente y educadora como algo valioso en sí, un propósito de vida y un medio para la construcción de una sociedad mejor. Joaquín Carrasco lo expresa de manera colosal: “Propongo luchar contra la decepción fomentando la fascinación por el significado y el sentido de la función de magisterio dentro de la condición humana“[9].

¿Tiene sentido esta afirmación hoy día, en un mundo tan convulso como el que habitamos? ¿Tiene sentido hablar de la educación como actividad constructiva cuando los educandos parecen cada vez (aparentemente) más alejados de la realidad escolar? Lejos de abrir un debate de tanto calado, dejaremos constancia de lo que una de las voces más consideradas en el mundo de la ética expone: “Si no acometemos en serio la tarea educativa, aumentará inevitablemente el número de los excluidos de la vida social, el número de los que ni se saben ni se sienten ciudadanos de ningún lugar: el número de los apátridas”[10]. El educador en general, y el docente como profesional susceptible de ser incluido en esa categoría, tienen un trabajo extremadamente importante en sus manos. “Renovarse o morir” se dice comúnmente. Renovarse o fracasar, en materia educativa.


[1] ESTEVE, JM (2003): La tercera revolución educativa. La educación en la sociedad del conocimiento. Barcelona. Paidós. Pg. 55

[2] TRAINES TORRES, Mª V. (2000): La violencia en contextos escolares. Aljibe. Málaga. Pg. 65

[3] El País 11/12/2006

[4] VINYAMATA, E. (Coord.) (2003): Aprender del conflicto. Conflictología y educación. Graó. Barcelona. Pg. 48

[5] DIAZ AGUADO, M.J. (2006): Del acoso escolar a la cooperación en las aulas. Pearson. Madrid. Pg. 67

[6] VVAA (2005): La mediación escolar. Una estrategia para abordar el conflicto. Graó. Barcelona. Pg. 93

[7] RUSSELL, B. (1978): La conquista de la felicidad. Espasa – Calpe. Madrid. Pg. 195 – 196

[8] Op. Cit. Pg. 197

[9] CARRASCO, J. (2007): Leer en la cara y en el mundo. Herder. Barcelona. Pg. 30

[10] CORTINA, A. (2009): Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Alianza Editorial. Pg. 109

Ilustración de http://www.e-faro.info

Entradas relacionadas:

Autoridad decente

Un gran día para una educación valiente

Un comentario en “Renovarse o fracasar. La necesidad de un nuevo rol docente

  1. interesante domin..me ha gustado leerlo. lo haré con más personas;) has concretado muy bien todos los aspectos que profundizamos este curso, como buenos estudiantes..jeje. un saludito!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s