Un gran día para una educación valiente

Recuerdo perfectamente mi primer día en la Universidad de Salamanca. Tras una semana de infarto esperando a que se publicasen las notas finales de mi carrera de magisterio para poder matricularme en pedagogía, al final pude presentar todo el papeleo y comenzar con normalidad a asistir a las aulas. Y no olvidaré jamás esa primera frase, nada más entrar en clase: “el laicismo no es lo mismo que el ateísmo, y quien diga que lo son o bien es un ignorante o miente con premeditación”(1). Sinceramente, oír pronunciar a José María Hernández Díaz (Catedrático de Historia de la Educación) aquella evidencia me produjo una satisfacción tremenda y, al final, tras unos días de ajetreo continuo, pude liberar tensiones. No es que en la Universidad de Extremadura de donde venía no hubiese sentido común (he tenido profesores magníficos allí), pero uno nunca sabe lo que se va a encontrar por el camino. Lo que bien comienza no necesariamente va a finalizar alegremente, pero los primeros pasos motivan mucho.

Hoy sin ir más lejos le comentaba a una amiga que es uno de esos días en los que, además de malas noticias, de paro, corrupción, asesinatos y nuevas guerras, aparecen en los medios de comunicación sucesos que alegran la tarde y que ofrecen esperanza para los que creemos en la democracia. Que el Tribunal de Estrasburgo haya dicho que los crucifijos en las aulas suponen una amenaza para la libertad religiosa y para el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos debe ser ampliamente celebrado por todos aquellos que creemos en una educación de calidad democrática (hablaré en otra ocasión de esto, lo prometo).

En primer lugar, porque hace de las escuelas un lugar mejor. Como dice Henry Giroux: “la prolongada devaluación de la educación como bien público pone de relieve la necesidad de que los educadores trabajen juntos para reivindicar escuelas como esferas democráticas públicas” (2). El que las escuelas sean “esferas democráticas públicas” está intrínsecamente reñido con la introducción de los dogmas religiosos en las mismas. Y esto ha de ser defendido, como bien dice este autor, no sólo por los profesores sino por todos los educadores, entre los cuales deberíamos incluir a los distintos actores educativos: padres, estudiantes, medios de comunicación… pero de nuevo esto es otro cantar. Dar un sentido democrático a la institución escolar no debe estar reñido con la religión de nadie sino que supone asumir, de una vez por todas, que las creencias se quedan fuera de la escuela puesto que nos hacemos partícipes en un sentido amplio de la separación entre Iglesia y Estado, heredado de la Ilustración.

En cualquier caso, pienso que la celebración no es sólo por sentar un precedente y abrir un camino, sino por la propia terminología utilizada en la sentencia. Según parece (no he podido leer el original), se apela precisamente a “una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones”. Si hacemos un poco de historia, en el debate del texto constitucional español hubo un fuerte enquistamiento en la cuestión educativa. Es el artículo 27 de la Carta Magna el que recoge los principios rectores en torno a la Educación y, según Emilia Domínguez (Catedrática de Política Educativa en la Universidad de Extremadura): “La política educativa que emana de nuestra Constitución fue uno de los puntos más delicados que se tuvo que superar y donde la redacción fue más ardua“(3). Precisamente fue el punto 3 del artículo en cuestión, el que habla del derecho de los padres a que sus hijos sean educados según sus convicciones morales uno de los más importantes para la derecha religiosa española. Parece que el debate fue largo, aunque el final es por todos conocido y la izquierda tragó, en base al llamado Pacto Escolar, con la redacción de la que ahora disponemos.

A donde quiero llegar es a que este artículo, el 27.3, que es el que la derecha religiosa española utiliza continuamente para justificar la presencia de las clases de Religión y de los símbolos religiosos en las aulas es, en esencia, el mismo que utiliza el Tribunal de Estrasburgo para decir que estos símbolos también dañan las libertades del resto. Y es que la derecha religiosa tiene la tendencia a pensar que están solos y que las cosas, no sabemos por qué razón, únicamente les afectan a ellos. Será ese empeño en monopolizar el pensamiento y a querer que todos comulguemos con su moral (nunca mejor dicho lo de comulgar), aunque creo que de esto ya escribí en otro momento.

Parece que, por una vez en mucho tiempo, vamos ganando batallas incluso en el campo más complicado que hay tal y como están las cosas: el de la hegemonía cultural. Una victoria aunque sólo sea de manera tangencial en el campo del lenguaje es algo que debe reconfortarnos y darnos un soplo de aire fresco para seguir construyendo.

No quisiera dejar de escribir hoy sin citar a Paulo Freire. “La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor. No puede temer el debate, el análisis de la realidad; no puede huir de la discusión creadora, bajo pena de ser una farsa” (4). ¿No es un gran día para reivindicar una educación mejor y más valiente?

NOTAS:

1. Cito de memoria de manera que la frase puede que no fuese literal, aunque la idea era claramente la expuesta

2 GIROUX, H. (2003): La inocencia robada. Juventud, multinacionales y política cultural. Ed. Morata. Madrid. Pg. 36

3. DOMÍNGUEZ, E; COLOM, A. (1997): Introducción a la política educativa. Ariel. Pg. 116

4. FREIRE, P. (2009, original de 1969): La educación como práctica de la libertad. Siglo XXI. Pg. 67

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