Con 12 años yo era un niño

A nadie le cabe duda de que los medios de comunicación son creadores de opinión y no únicamente difundidores de información. Ya se hizo famoso José Bergamín con aquello de “como no soy un objeto, no soy objetivo; como soy un sujeto, soy subjetivo” y no creo que hagan falta más explicaciones. Detrás de cada punto de vista hay, necesariamente, una intencionalidad. Pero el problema serio que ofrecen los medios de comunicación, especialmente los de masas, es que presentan una realidad seriamente desdibujada y bajo una óptica muy interesante para determinados grupos y muy peligrosa, si se mira a fondo, para el desarrollo de la democracia.

Independientemente de que podamos analizar el contenido político de la mayoría de ellos imbuido del ya denominado “Pensamiento Único”, la mayor amenaza que localizo es su amarillismo. El que las secciones de Sucesos crezcan sin cesar y sean las más reproducidas en los programas vespertinos o, incluso, en determinados noticiarios de forma prominente es una muestra del riesgo que se cierne en torno a los más elementales principios democráticos. Si bien en algunos aspectos los medios de comunicación han cumplido una ejemplar labor de concienciación pública como puede ser en asuntos como la violencia de género o la educación vial, esa misma capacidad de labrar ideas puede volverse en contra de algunos logros cívicos y sociales.

Casos dramáticos como el de Mariluz, Marta del Castillo o el ya alejado en el tiempo de Sandra Palo nos muestran tendencias de manipulación pública a veces incluso demasiado descaradas. Los alarmistas, insidiosos, embaucadores y agoreros se recrean en este juego que mezcla la noticia y el morbo y que llena las tertulias familiares y los comentarios de barra de bar. El resultado tiende a ser siempre el mismo y pasa por campañas que piden reformas legislativas tendentes a la dureza penal, reducción de derechos e, incluso, la implantación de medidas drásticas como la pena de muerte o la cadena perpetua. En definitiva, cambios legislativos motivados por los sentimientos de unas personas en una situación realmente dolorosa (comprensible en cualquier caso por la pérdida de un familiar), y de una sociedad civil que clama justicia, como si los Tribunales no trabajasen nunca.

En uno de los libros que cambiaron la neurobiología, “El Error de Descartes“, Antonio Damasio explicaba su hipótesis de los marcadores somáticos. Según este catedrático, si no fuese por las emociones no podríamos tomar decisiones entre millones y millones de posibilidades que se presentan ante un problema. Al contrario de lo que defendía el pensador racionalista René Descartes, son las emociones las que nos permiten elegir y no las que interrumpen tal acción. Para demostrar esto, Damasio estudiaba el paradigmático caso de Phineas Cage, el más famoso paciente neuronal cuya cabeza fue atravesada por una barra de hierro al intentar agujerear con explosivos una montaña. Phineas había perdido la capacidad de decidir, aunque el resto de sus funciones neuronales parecían intactas, a la vez que expresaba una suerte de emotividad plana, o falta de emociones.

Pero una cosa es tener sentimientos y otra muy distinta hacer reformas legales a golpe de noticiario. Una cosa es utilizar las emociones para la elaboración de las leyes y otras pretender legislar con la sangre hirviendo. Lo peor de todo es cuando el propio lenguaje se pervierte y se utiliza para engañar a la opinión pública. Acabo de leer hace unos días una propuesta del PP, en mi opinión meramente populista: reducir la edad penal a los 12 años. Sin duda que esta propuesta tendrá recorrido, una vez allanado el camino por los amarillistas y seguidores de jóvenes delincuentes, pero plantea serios problemas morales y de coherencia política.

Utilizar el lenguaje como medio de engaño es algo a lo que estamos habituados, pero en este caso ronda lo tétrico ya. Cuando se planteó la reforma de la ley del aborto, el PP no dudó en calificar de “niñas” a las jóvenes de 16 años que podrían abortar. Al mismo tiempo, hablan de “menores” cuando se refieren a los que habría que aplicar el código penal con 12 años. Claro, ¡no es lo mismo decir que vas a enjuiciar a un niño que a un menor!, aunque la realidad sea la misma.

En vez de mirar sólo al cruel asesino que muestran algunos programas de televisión, miremos a los chicos y chicas que están acabando el colegio y entrarán el próximo año al instituto y pensemos si tienen madurez suficiente como para aplicarles el Código Penal. No digo que no haya casos particulares realmente duros pero ¿son niños o no lo son? Con 12 años yo era un niño.

Un comentario en “Con 12 años yo era un niño

  1. Excelente reflexión. Las emociones guían nuestras acciones, y los medios de comunicación manipulan nuestras emociones. Mal asunto. En casos como los de Mariluz, Sandra Palo y Marta del Castillo, la emoción es lógica dada la edad de las víctimas. Sin embargo, la manipulación viene de darle demasiado bombo a este tipo de noticias morbosas. Hay gente que llega a creer que vivimos en una sociedad llena de depravados y asesinos de niños, como si estas cosas fueran la regla y no la excepción. Hay padres que viven con miedo, y niños que viven encerrados, por culpa de tanta paranoia.

    Muy acertada también la reflexión acerca de las palabras “niño” y “menor”. Un menor es una persona que cumple cierto requisito jurídico (no haber alcanzado la mayoría de edad) mientras que un niño es un niño, con la connotación emocional que conlleva. Al niño hay que cuidarlo, protegerlo, incluso quererlo… Al menor, se le puede aplicar el código penal si se quiere. A un niño, nunca.

    Otra cosa en la que coincidimos es que yo, a los 12 años, también era un niño. No el mismo niño que usted era a los 12 años, sino otro distinto. Porque si hubiera sido aquel niño, hoy seguramente sería usted.

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