Soberbio

Para los que pudimos disfrutarlo un 7 no es lo más oportuno. Y no es por desmerecer a la persona que pone las notas en “El Adelanto” (que yo me llevé un 6 sin comerlo ni beberlo nada menos) pero creo que ayer Vicente no estuvo de notable bajo, sino de sobresaliente. En otras palabras: soberbio.

Uno de los mejores músicos del panorama nacional, en un espacio realmente bello y en la primera noche de verano que, con las ráfagas de aire fresco que venían de vez en cuando, hicieron que me acurrucase al lado de la mejor compañía que uno puede tener cuando se encuentra embelesado por una guitarra. El contexto perfecto para que un fiera del flamenco hiciera levantarse al público al completo hasta por 3 veces, con aplausos infinitos y jaleos de todo tipo.

Fonseca es un espacio admirable y que me recuerda bastante a algunos palacios mirobrigenses. Escondidos y poco conocidos, cuando abren sus puertas muestran toda su grandeza. Y cuando la cosa se acompaña de arte, y a poder ser de arte de verdad, la respuesta suele ser unánime: colosal. Eso es lo que suele ocurrir en Ciudad Rodrigo, cuando en la Feria de Teatro se escenifican espacios como el Claustro de la Catedral, el Palacio de los Águila o se utilizan las murallas como fondo… cualquier obra se crece.

Pero los guitarristas que nos atrevemos con los toques flamencos sabemos que a Vicente no le hacía falta un lugar como ese para dejarnos atónitos. No es técnica, es belleza. Un flamenco puro, sin complejos, pero que deja abierta la puerta a las innovaciones armónicas. Todo un recital de sentimiento que se refleja en su cara al tocar. Y unos músicos que le acompañan en lo más profundo para conseguir aflorar las emociones de cualquiera.

Más que un concierto, era una emoción colectiva. Antes de comenzar, me notaba nervioso. Fonseca al completo se mordía las uñas, esperando la salida de una guitarra y un cordobés (por mucho que haya algún periodista que se empeñe en que es de Sevilla). Mediante soleás, tarantos, granaínas y algunas formidables bulerías se hace el silencio de forma inmediata. Y cuando él se calla, el público se desboca en un aplauso que bien podría hacer sangrar las manos de cualquiera.

¿Y después? Se me acerca un conocido y me dice que va a quemar la guitarra, que tiene la moral por los suelos. No es eso, sino todo lo contrario. Es hora de volver a desenfundar a mi “Maraca”, que lleva demasiados meses en su funda y que requiere mi cariño. Vicente Amigo ha vuelto a despertar en mí la pasión y espero que sea un gran verano para la música.

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