Nos da igual

critica-the-visitor¿Qué hace un profesor universitario, inflexible, serio y huraño, dando golpes a un Yembe rodeado de negros? A esta extraña situación llega una de las películas que más me han gustado en los últimos meses: The Visitor. La excelente interpretación de Richard Jenkins en absoluto eclipsa un argumento que saca a relucir lo peor y lo mejor de la especie humana, los entresijos y las profundas contradicciones de una sociedad que se muestra insensible ante las situaciones personales y la magia de vivir: esa capacidad que nos confiere nuestra plasticidad esencial y que nos permite “abrir la mente” a nuevas experiencias y nuevos horizontes aún cuando estemos entrados ya en los 50, amargados y con un trabajo que no nos motiva en absoluto.

Es una película que, tal y como Alba me hizo ver nada más comenzar a comentarla, “no simplifica, se va a lo profundo de la cuestión sin caer en vaguedades”. Podría ser un pasteleo de amor, una crítica explícita a la violencia en las cárceles, o a la vida infrahumana de los migrantes, a documentar la vida “en clandestinidad” o, incluso, a analizar cómo una persona puede replantearse toda su vida en apenas unos días. Pero, en vez de eso, integra todos esos puntos de vista para dar una visión global de la injusticia y el horror. Pero también del amor y la amistad. En definitiva, una película que nos debería hacer pensar (sin duda esa es la intención) sobre la relación que nuestra estructura social tiene con aquellos cuya única diferencia es el lugar de procedencia, pero que también supone un claro ejemplo de algo que mi profesor, Joaquín García Carrasco, no se cansa de repetirnos: “La única forma de cambiar la perspectiva de un ser humano, es atacar su sentimentalidad de una forma significativa”.

Y es que, pienso, el profesor Vale nunca se habría imaginado que un viaje para presentar una ponencia le iba a cambiar la vida. Que encontraría a dos desconocidos en su casa de Nueva York y, casi con rotundidad, no estaba en sus planes acoger a una senegalesa y un sirio durante unos días. Pero, ni mucho menos, que tendría que visitar comisarías y centros de detención de inmigrantes para evitar la deportación de uno de ellos. The Visitor nos muestra la hipocresía de una sociedad que es capaz de dibujar una Estatua de la Libertad en los pasillos de una cárcel o de calificar de extranjero a una persona que ha trabajado durante 23 años y criado 3 hijos en ese país. La ceguera de todos aquellos que pasean por los mercados y ven “negritos” vendiendo pulseras en vez de “personas” ganándose la vida.visitor-02

En realidad, no hace falta buscar las miserias en lugares exóticos ni en el otro polo del mundo. La miseria moral está aquí, entre nosotros, en la Europa de las Oportunidades y, allende el Atlántico, en el Sueño Americano. Sólo hace falta mirar a nuestro alrededor. Centros de Internamiento de inmigrantes que son verdaderas cárceles donde los detenidos han cometido un delito que aquí consideramos horrible: haber nacido en otro país y pretender vivir en nuestro limbo. Un paraíso que se puede volver infierno si uno cae en las garras de la Unión Europea que, con su Directiva del Retorno, permite “internar” (yo llamaría detener) a las personas durante más de 18 meses, sin ningún tipo de defensa formal ni derechos básicos. Si no eres ciudadano europeo o de algún país rico, no hay opción de Habeas Corpus, a defender tu derecho a no ser detenido irregularmente, a asistencia letrada… Por algo los que creemos que Otra Europa es Posible y que más allá de los papeles hay personas con derechos, hemos calificado esta medida de Directiva de la Vergüenza.

Más humillante es saber que el fondo del asunto no está en el color de la piel, hace tiempo que eso menguó. Lo que nos molesta de los inmigrantes no es que sean negros, amarillos o rojos sino que sean pobres. No soportamos la idea de convivir con pobres. Eso es lo que nos hace suprimir su condición humana y convertirlos en mercancía cuantificable. Apenas importa que un senegalés venga a vivir a nuestro país si luce traje y juega en un equipo de fútbol (aunque todavía haya grupos que aún odien a ese). El pavor llega cuando ese negrito nos acerca la penuria y la miseria, porque eso lo queremos lejos.

Ya podemos gritar “No podemos tratar así a las personas” cuando vivimos en una sociedad enferma que las trata como mercancía. Más aún, nosotros tratamos a las personas como mercancía… y nos da igual.

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3 comentarios en “Nos da igual

  1. Gracias por este comentario, he hecho un link de él en mi blog! Es escalofriante que un europeo diga y sienta lo que pones….yo soy argentina pero puedo permanecer aquí gracias a mi ciudadanía italiana (que no sé si no es más vergonzoza por el presidente que tienen!!!)
    Gracias nuevamente!
    Margarita

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