Aprender de la Historia

memoria-historica-4A Román Durán casi todos los niños de mi generación le conocemos como “El Señor del pabellón”, en nuestra infantil interpretación del mundo no era otra cosa que un señor que, de vez en cuando, nos echaba alguna bronca si “liábamos alguna” en ese lugar que parecía poco menos que su propio feudo. Recuerdo perfectamente como seguía atento las partidas que los escolares echábamos en las salas de espacio deportivo en los campeonatos interescolares de ajedrez, a los que solíamos llegar finalistas los alumnos del Colegio “San Francisco” acompañados unas veces por Don José María y otras por Don Ernesto y “los del Seminario” a los que no recuerdo bien quien tutelaba. Una persona que, para aquellos que nacimos todavía sin teléfonos móviles y que pudimos ser los últimos en jugar a las canicas, era cuanto menos intrigante y bastante enigmática.

Muchas vueltas da la vida y me encuentro ahora intentando escribir unas notas en relación con su “Memoria Histórica”, publicada en el ateneo de http://www.ciudadrodrigo.net. Creo que Román (dejaré de llamarle ya “el del pabellón”) no sólo ha apuntado certeramente sino que tiene una puntería maravillosa, ha dado en el centro de la diana. En mi opinión lo que más valor le da a su artículo es la afirmación siguiente: “Este tipo de heridas sólo se cierran si un país las afronta abierta y lealmente, con voluntad de comprensión y con  generosidad”. (1)

Sorprende que la Transición Española haya sido considerada como un paradigma en cuanto a los procesos de cambio social se refiere, al menos si se la mira desde esta óptica que está poniendo de relieve el Señor Durán. Aquellos que se niegan a un proceso de reconocimiento histórico y social de los que no lo han tenido ya, no parecen haber comprendido en profundidad cual es el verdadero problema. O, si lo han comprendido, parecen tener oscuros intereses (que no entraré a valorar porque ya han sido puestos sobre la mesa) en que no se continúe por esta senda.

No se trata de guerrear los unos con los otros en aquellos asuntos que forman parte de la más triste historia de nuestro país sino de asumir que no hemos sido capaces de enfrentarnos al pasado; no de llevar a cabo un enfrentamiento de tipo vengativo sino de asunción de los errores propios por parte de los distintos actores, cada uno en sus propios campos y con sus responsabilidades. 70 años después de los sucesos más trágicos de nuestra Historia reciente no se han cerrado las heridas ni se ha llevado a cabo esa labor de reconocimiento histórico y social al que aludíamos antes. No sólo de reconocimiento a los represaliados (que es lo más urgente), que ya se está comenzado mal que le pese a muchos, sino de los errores colectivos cometidos y de la ley del silencio imperante durante 40 años que pesan como una losa sobre las conciencias de muchas personas.

Este proceso es esencial para que podamos verdaderamente aprender de nuestra propia historia porque, tal y como dice Habermas (en un contexto distinto, eso sí, pero similar en el fondo al tratarse de la reunificación alemana de principios de los 90): “Para aprender de la historia no podemos echar a un lado ni reprimir los problemas no resueltos; tenemos que mantenernos abiertos a experiencias críticas; pues de otro modo ni siquiera podemos percibir los acaecimientos históricos como desmentidos, como evidencias del fracaso de nuestras propias expectativas”(2), y añade, de forma colosal: “a diferencia de las cuestiones de justicia que han de ser juzgadas por un tercero imparcial, las cuestiones que afectan a la identidad colectiva exigen respuestas desde la perspectiva de un <<nosotros>>, desde la perspectiva de la primera persona del plural”(3).

Es, por tanto, un nosotros que está claramente representado en el Estado el que tiene que dar respuesta pública a esa reconciliación de sí mismo, como colectividad, con su propio pasado.

Si queremos sacar algún aprendizaje útil de la Historia, al menos debemos hacer honor a nuestra propia Historia y reflexionar acerca de cómo hemos tratado, colectivamente, a los que sufrieron las consecuencias de intentar modernizar nuestra nación (en el más amplio sentido) no sólo económicamente sino construyendo unos nuevos cimientos que afectasen a todas las facetas de la colectividad. Aunque ese reflexionar incluya también, como se ha señalado anteriormente, la asunción de los propios errores, que fueron muchos.

Pero ¿es necesario aprender de la Historia? Es más, ¿es necesario aprender de esa historia? y, más importante aún ¿podemos aprender de la Historia?

Cierto es aquello que nos señala Mariano Fernández Enguita: “La historia podría haber discurrido por otros derroteros, pero lo hizo por éstos”(4). Siendo así, podríamos responder a las tres preguntas anteriores con otra que se responde a sí misma ¿podemos huir de nuestra historia? claramente no sólo no podemos sino que parece que debemos encararla a bien tanto de ese reconocimiento necesario y del cierre de las heridas como de dejar un marco de normalidad que nos permita realmente pasar página.

Baste añadir que esos derroteros a los que alude Enguita, al menos en lo teórico y en lo que a debate público se refiere, parecen repetirse y, si no, que se lo pregunten a Ridao: “Leídos o re leídos a una distancia de setenta años, los discursos sobre el Estatuto de Cataluña pronunciados por Ortega y por Azaña en las Cortes de la República, en 1932, pueden provocar la sensación de que algunos de los problemas suscitados entonces siguen abiertos, como si una interminable dictadura tras la guerra civil, y un sistema democrático con un cuarto de siglo de vigencia, hubieran resultado insuficientes para hallar una solución estable y, más aún, definitiva. Hoy como entonces, se vuelve a debatir, en efecto, sobre la organización de la Hacienda, el sistema de enseñanza, la responsabilidad sobre el orden público o la estructura jerárquica de la justicia…”(5).

¿Quién diría que 78 años después de que se escribiese la Constitución Republicana se iba a discutir en España si el día a día del Congreso de los Diputados lo tiene que marcar el Vaticano? Desde luego que hay algo que podemos aprender de la Historia y con la Historia, y es precisamente, cómo NO se deben hacer las cosas


NOTAS


(1): DURÁN, ROMÁN: Memoria Histórica. www.ciudadrodrigo.net

(2): HABERMAS, JÜRGEN (2008): Más allá del Estado Nacional. Trotta. Madrid. Pg. 47

(3) Op. Cit. Pg 79

(4) FERNÁNDEZ ENGUITA, MARIANO La cara oculta de la escuela. Educación y trabajo en el capitalismo. Morata. Barcelona

(5) RIDAO, JOSÉ MARIA: Prólogo a AZAÑA, MANUEL Y ORTEGA Y GASSET, JOSÉ (2005): Dos visiones de España, discursos en las Cortes Constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña (1932). Círculo de Lectores. Barcelona. Pg. 22-23.

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