El traje de la ministra

chaconA ZP le ha salido bordado el nombramiento de Chacón en Defensa. Desde que asumió esta responsabilidad no se ha vuelto a hablar de Política Militar, Seguridad, Estrategia o cosa que se le parezca sino que el discurso se ha desplazado y la actual Ministra (no “Ministro femenino”, como alguno ha venido a decir) no es evaluada teniendo en cuenta su capacidad para dirigir los Ejércitos, ni la estrategia que se sigue en aquellos países donde se encuentran nuestras tropas, ni siquiera las posibles consecuencias tanto a nivel de Relaciones Internacionales como militares que pudieran derivar de este ministerio teniendo en cuenta la actitud sangrienta del Estado Hebreo, por poner un ejemplo de actualidad.

No, todos estos temas han pasado a un segundo plano puesto que hay imperativos mayores, asuntos de primera línea política que, al parecer, deben preocupar (y preocupan) a todos o la mayoría de los españoles. Uno de ellos es el traje que esta señora luce en la Pascua Militar (festejo que a mí no me hace ninguna gracia, por otro lado). Es urgentísimo discutir si debería llevar traje largo, falda, de cola, un corsé, un top o quién sabe si no un T-Shirt. Preocupadísimo me tiene (no duermo, de verdad) si la Ministra debe llevar o no un moño, si es adecuado que luzca tacón y si la sombra de ojos no debiera ser un poco menos femenina.

En actitud camaleónica el debate político se impregna de las intenciones simplistas que esconden ciertos medios de comunicación que hacen que todo se torne rosa y amarillo. Esta España nuestra tan acostumbrada al robado y la exclusiva, diluye los asuntos verdaderamente serios en los líquidos de la estupidez y la insignificancia y no lo hace a escondidas, ni mucho menos.

Una estrategia que va funcionando y cuyos frutos pronto serán recogidos vista la madurez de algunos: la generalización de las opiniones vagas, la superficialidad crítica, la percepción (y asunción) de que las decisiones las toman otros y el correspondiente retroceso en la iniciativa de los ciudadanos son algunos de los síntomas de una seria enfermedad de carácter epidemiológico que viene azotando a la sociedad en la que vivimos: la “apolítica”.

Hoy día podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el término “apolítico” esconde un peligro de graves consecuencias. No es aquella intención anarquista de suprimir toda relación de poder (intención que unos tildarán de noble y otros de suicida) sino que se trata de un laissez faire, un dejar hacer a otros, una falta de interés basada en la nulidad crítica. Esconde la despreocupación por los asuntos que son de todos y que responden a la propia esencia de la verdadera política: la solución de los problemas colectivos por medio de la interacción social.

Este conformismo generalizado es lo que más deseaban algunos como nuestro gran amigo Paco (no “el Pocero” sino el Generalísimo) y sus secuaces: un pueblo adormecido cuya vida gire entorno a irrealidades colectivas y de carácter folclórico (en su sentido peyorativo). Y es que todos aquellos que pretendieron y pretenden monopolizar la actividad política descubrieron rápidamente que el gran bastión para su éxito era mantener ocupada a la gente en otras labores. “Pan y circo” dicen unos aunque me quedo con un refrán que viene a decir “el que está parado tiene malos pensamientos”. Malos pensamientos que pueden ser inquietudes o ganar de mirar “con otra lupa” la realidad y no interesa. Será mejor mantenerlos ocupados con el fútbol, la Esteban o el traje de la Ministra.

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