Suena el teléfono. “¿Sí? ¿qué tal ha ido?”. A partir de entones, el relato de cómo lo que comenzó siendo una concentración se convierte en una multitudinaria manifestación que llena la Gran Vía salmantina.
Lo mismo ocurre en el resto de capitales de provincia. Tras paralizar con rotundidad los servicios educativos, docentes, alumnado, padres y madres son acompañados por el resto de la sociedad en un democrático ejercicio de repulsa ante los terribles recortes educativos del Gobierno.
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Hoy escribo más tarde. Como un iluso, he esperado a que se fuera desarrollando el debate sobre ese decreto sobre medidas sanitarias y con la esperanza de que hubiera algún movimiento, alguna modificación, siquiera una intención de conseguir algún tipo de debate. Nada de nada.
En un reciente artículo publicado en El País, Ignacio Sánchez Cuenca nos alerta de cómo la amenaza de instaurar un gobierno de expertos al modo platónico ya no pasa por los filósofos, sino por los economistas. Economistas que dictan las reglas del mercado, economistas que acceden a instituciones internacionales, economistas que salen de esas instituciones antes de que quiebren, economistas que toman las riendas de bancos, economistas que salen de los bancos antes de que quiebren, economistas que toman las riendas de países sin elecciones de por medio…
Dice Juan Carlos Monedero que con malos cimientos se levantan débiles edificios. Y quizá una de las debilidades de nuestro edificio democrático sea que nunca nos han dicho lo desnudo que está. Como si de un traje para un emperador se tratase, políticos, historiadores y opinadores de todo tipo han ido tejiendo una visión más que amable de la llamada Transición.
Tengo 26 años. He estudiado dos carreras y un Máster y en estos momentos he comenzado mi doctorado. Hace tiempo que no veo a quienes estudiaron conmigo el bachillerato y la Diplomatura. Gente con mi misma edad; algunos habrán tenido suerte, y estarán trabajando; otros habrán decidido continuar sus estudios con una beca y se doctorarán en uno o dos años. Pero estoy convencido de que habrá un numero considerable que, tras hacer su licenciatura y un Máster (pagado a como se cotizan, que no es poco), todavía buscarán su primer trabajo con la desesperación de saber que hay un 50% de paro juvenil.
Este fin de semana se juega, en parte, el futuro de Europa. En nuestro país vecino, ese al que siempre hemos mirado de reojo, con una mezcla de resquemor, celos y antipatía, se producen unas elecciones históricas. No es nuevo para nadie que de lo que allí ocurra depende en gran medida el devenir de los acontecimientos en esta Unión en crisis.
Al comienzo de la crisis, cuando se atisbaba en el horizonte un futuro complejo e incierto, hubo voces que alertaron de la relación entre la precarización social y el surgimiento de los totalitarismos y las dictaduras. No eran pocos, y quizá entre ellos había quienes pensaban que el control social que llegaría no sería tanto de carácter militar sino más cercano a la distopía de Orwell, a un 1984 en pleno siglo XXI. No obstante, ese control sibilino, materializado en la precarización laboral, la destrucción de las estructuras sociales (especialmente de los sindicatos) y el asentamiento de unos mass media dependientes de grandes corporaciones empresariales no parece haber sido suficiente.











